Dime tu nombre
-¡Dime tu nombre! –le dijo Bobby a la recién llegada. Ya llevaban unas dos horas hablando y le había prometido no preguntárselo. Ella decía que traía mala suerte que en la primera cita se dijeran los nombres.
Bobby tan solo pudo aguantar diez minutos para decirle el suyo y otros diez para empezar a preguntarle el de ella. Sabía que ella también estaba interesado en él. “Esta vez sí,” se dijo. “No puedo volver a quedar mal delante de los colegas. Soy el hazmerreír del barrio.” Estuvo preparando este “encuentro casual” dos semanas, desde que la vio por primera vez contoneándose de aquella manera. Tenía el pelo corto y sus piernas y manos eran perfectamente simétricas. Le encantaba su boca, pequeña como toda ella. Hablaba con un tono algo chillón, pero claro, dado su tamaño, no le extrañaba.
Había preparado un festín en el callejón detrás del Missing. Solía ir allí con su panda para pasar el rato y a veces Romany Marie les traía algo para comer o beber, sobras generalmente. No era mucho pero con eso pasaban algunos días. Las últimas dos noches estuvo guardando todo en un escondite que tenía en un agujero en la pared, junto a los contenedores de basura, asegurándose de que las ratas u otros animales no pudieran encontrarla. Últimamente el robo se había vuelto más difícil. La poli había creado una brigada especial para delincuentes como ellos y la verdad es que no estaba la cosa para jugársela.
-Bueno, ¿y a qué te dedicas? –preguntó él.
Ella le miró con ojillos pequeños y vivos, oscuros, “la mirada de alguien que va a ser famoso, seguro…” pensó Bobby.
-Pues, por ahora no lo tengo decidido. Pero estoy segura de que no quiero seguir aquí, en Estados Unidos.
La respuesta lo dejó algo anonadado.
-Ah, ¿no? –se interesó él mientras pensaba “mierda, otra que se me va a escapar”–. ¿Y qué te han hecho los Estados Unidos para que no te guste vivir aquí? Me gusta este país. Es un país libre, puedes hacer más o menos lo que quieras, comes por aquí o por allá. Escuchas música, vienes al Missing y oyes a Chet Baker tocando My Funny Valentine y te quieres morir de gusto. No hace falta ni que entres, desde aquí atrás puedes escuchar los conciertos gratis… –porque a nosotros no nos dejan entrar, dicen que apestamos… –esto último Bobby no lo dijo en voz alta, no quería estropear su fantástico alegato en pro de su país.
-¡Oh, espero no haberte ofendido! Quizás no me he explicado bien. No he dicho que no me guste América, tan solo he dicho que no voy a vivir aquí. Sueño con viajar a la URSS, a Moscú. Me encanta ese país, estoy enamorada de él desde que lo conocí en las fotos que vi una vez en un escaparate –bajó la voz hasta que casi fue un susurro–. Sé que voy a triunfar allí, aunque aún no sé de qué. De hecho, esta noche de madrugada embarco hacia Europa y de allí, iré hacia Moscú… ¿te vienes?
En ese momento ambos miraron hacia el cielo y pudieron distinguir una estrella fugaz cruzando sobre ellos, a miles de kilómetros allá arriba…
“¿Te vienes, te vienes, te vienes, te vienes…?” La pregunta resonaba en su cabeza cuando despertó en el frío suelo de la calle. Estaba temblando y aún no se lo creía. La noche anterior había estado en la trasera del Missing, con sus colegas, y Romany Marie les había traído algo de comer envuelto en un periódico. Al desenvolverlo la vio en una foto a toda página. “El primer animal vivo en órbita alrededor de la Tierra en el Sputnik 2. Laika, la perrita callejera.”
“Así que lo conseguiste, ¿eh? Como tú querías. Y no me dijiste tu nombre…”
DP

