Strange Fruit

                    Yo le conocía. Y ahora, ¡cómo me repugna imaginarlo! Me revuelve el                     estómago. Los labios que besé infinitas veces…

                    Vete a la estancia de tu señora. Hazla reír.

          Neal me ha dejado dentro de mi calavera. Ahora estará en el apartamento de Giselle. Follándosela en ese palacio de la Quinta Avenida. También estarán Jack y Paola. Y yo aquí en el Missing. Perdido. Convertido en el bufón de la obra. Un tipo simpático. De quien todos se fían. A quien todos le cuentan sus sueños y pesadillas, sus deseos y frustraciones.

          Un bufón como lo era ese enano que con sus pullas, sus brincos, sus canciones y sus ocurrencias hacían estallar de risa al príncipe H.

          Yo tampoco tengo nadie que se ría de mis muecas. De esas caras que ahora dedico al espejo del bar mientras espero que el camarero acabe de gritarle a esa mujer menuda que sostiene un vaso de absenta en sus anchas manos pequeñas.

          ¿Quién soy yo para ellos? Quizá sólo el vapor del licor que se ha bebido esa mujer que ahora sale del bar con ojos decididos y andares orgullosos. En mi cabeza la lasitud del “Absinthe” de Duke Ellington da paso al “Strange Fruit”.

          Y aunque sé que Billie Hollyday no habla de un judío blanco de Massachusetts, imagino que la “sangre en las hojas, y la sangre en la raíz” es la imagen del árbol que soy yo. Que, de alguna extraña manera metafórica, yo soy el fruto que los cuervos deben desgarrar, la lluvia golpear y el sol descomponer.

          Necesito el golpe carnal de la aguja ya que no puedo tener el pinchazo afilado de Neal.

JC